Exploring what it means to be human, one story at a time.
Cathy: lectura de la novela Terra Two
Llegó a Perpiñán una mañana despejada de domingo con una mochila llena de artilugios de comunicación, equipo de pruebas y un par de mudas de ropa.
«Nuestra historia comenzó en el año del Señor de dos mil ciento cinco en una granja al sur de Francia, un pequeño edificio de piedra rodeado de viñedos y campos de lavanda tostados por el sol del Mediterráneo. Nuestro sol, el amarillo, consentido por tener el firmamento para él solo. En el modesto jardín que rodeaba el edificio vi por primera vez la tierra de nuestra promesa».
«El suelo más fértil del universo parecía el montón de desechos de un horno de ladrillos; rojizo y polvoriento, imposible de estabilizar, incapaz de retener el agua, tan sedoso que no se pegaba a las suelas de los zapatos. No sabía lo cara que llegaría a ser esta lamentable escoria; yo era joven, instruida y valiente, dispuesta a conquistar el mundo, y mi desafío no era cultivar el medio imposible, sino vencer su inquebrantable aridez».
Llegó a Perpiñán una mañana despejada de domingo con una mochila llena de artilugios de comunicación, equipo de pruebas y un par de mudas de ropa. Como no había medios de transporte obvios a la granja, Sarah se encogió de hombros y echó a andar con la idea de que ya llegaría cuando llegara. No estaba muy lejos, después de todo; un par de horas de agradable paseo por un paisaje de viñedos y plantaciones de lavanda.
La granja estaba en lo alto de una suave colina, evidentemente bien cuidada pero sin señalización, parcelas de prueba o cualquier otro indicio de la investigación científica que se llevaba a cabo en su interior. Sarah se acercó a la puerta principal del viejo edificio de piedra, acompañada por el inquietante sonido de una colección de campanas de viento que colgaban del laurel de la entrada.
Llamó con una agradable sonrisa en el rostro y, tras lo que pareció una eternidad, la maciza puerta de madera con bisagras de hierro forjado se abrió acompañada de un chirrido espeluznante. Una joven alta con el pelo negro como el ala de un cuervo estaba en el umbral. Sus ojos penetrantes, casi transparentes, se clavaron en el cerebro de Sarah como una lanza y trajeron al primer plano de su mente cada fallo moral y cada duda que había experimentado durante el año en curso.
—Soy... —empezó Sarah con dulzura.
—Sé quién eres, podíamos verte avanzar por el paisaje como una zarza ardiente; ese pelo debe de verse desde la Luna. —Se detuvo bruscamente, le dio la espalda y empezó a caminar por el pasillo. Sarah vaciló un momento, sin saber qué dictaba la etiqueta en circunstancias como esta, pero luego se dio cuenta de que en realidad no tenía otra opción que entrar.
Siguió a la mujer alta en silencio, reconociendo su porte, ese caminar suave tan familiar, casi deslizándose por los suelos de piedra, sin hacer ruido. Había tal austeridad en la decoración que la rodeaba, tal silencio, que Sarah empezó a sentirse un poco ansiosa y reevaluó las decisiones de su vida, empezando por la curiosidad por los entornos desconocidos que la había llevado allí. La anfitriona se detuvo bruscamente ante la puerta que conducía a una gran sala con doce camas.
—Esa es la tuya —dijo, señalando una de ellas—. Nos vemos a las siete —y se marchó.
A Sarah le habría gustado hacerle algunas preguntas, como cuál era el nombre de su anfitriona, dónde estaba todo el mundo y si por las siete se refería a la mañana o a la tarde, pero la joven ya se había ido, así que Sarah se resignó a deslizar su mochila bajo la cama y echar una siesta muy necesaria. Ni siquiera se dio cuenta de dónde estaba a la mañana siguiente, cuando unos rayos de sol muy intensos estallaron a través de las ventanas como si apuntaran específicamente a sus ojos y la habitación se vio perturbada por un leve alboroto de sábanas arrastrándose y zapatos cayendo.
A nadie parecía importarle que hubiera una nueva residente en la habitación, así que Sarah se aseó lo mejor que pudo y siguió a las demás al comedor. «Al menos son todo mujeres», pensó, un poco sorprendida pero sin dar demasiada importancia a este detalle.
La anfitriona estaba de pie a la cabecera de la mesa y esperó a que todas estuvieran sentadas antes de empezar.
—Buenos días. Tenemos una nueva estudiante, su nombre es Sarah Feaherthy. Estudió macrobiología y genética botánica en la CAHS. Por su bien, repasaré algunas cosas sobre nosotros. Este es un programa internacional de agricultura experimental que acepta becarios por un periodo de un año. La nuestra es una empresa docente; a menos que quieras seguir el camino de educadora, no hay razón para que te quedes más tiempo. Mi nombre es Seth Rosenfeld, soy la directora del programa. Nuestro horario es el siguiente: de ocho a tres trabajamos en los jardines, de cuatro a siete estudiamos en la biblioteca. Hay una fuente afuera por si necesitáis lavaros. Preferimos no hablar a menos que sea absolutamente necesario, consideramos que nos distrae de nuestras tareas. Cultivamos toda nuestra comida aquí; si necesitáis cualquier otra cosa, tendréis que caminar hasta el pueblo para conseguirla.
Sarah sintió doce pares de ojos observándola intensamente y tuvo la extraña sensación de que tendría que explicar su pelo una y otra vez, como si lo hubiera hecho a propósito.
—¿Alguna pregunta? —le preguntó Seth a Sarah. Sarah quería preguntar quién le había puesto el nombre de Seth y por qué, dónde estaba todo el equipo, en qué consistía el programa científico, qué se esperaba de ella, por qué todas, excepto Seth, tenían que dormir en la misma habitación, si podía visitar la biblioteca y echar un vistazo a los libros antes de su primera sesión de estudio, si el horario era diferente los fines de semana, cómo iba a comunicarse con su familia y, sobre todo, ¿por qué este lugar parecía más un convento que una escuela? Indicó silenciosamente que no y todos desayunaron en completo silencio.
***
La primera semana transcurrió a paso de caracol y, durante todo ese tiempo, Sarah no dejó de preguntarse qué demonios estaba haciendo allí. Los medios del programa eran más modestos que la instalación en la granja de sus padres y realmente no había un horario establecido para ella, ni nadie allí parecía esperar que hiciera nada. Los bancales de verduras estaban bien cuidados y la comida siempre era abundante, pero no había ningún intento de probar nuevas variedades ni de realizar análisis sofisticados. A Sarah le resultaba difícil ocupar su tiempo, ya que todo lo que había que hacer parecía estar ya hecho y, a falta de deshacer el trabajo solo para volver a hacerlo, no había nada que la mantuviera ocupada.
El tiempo en la biblioteca pasaba más rápido porque los estantes estaban bien surtidos de libros, no necesariamente específicos de estudios hortícolas, pero definitivamente educativos en todos los sentidos.
Después de la primera semana, Sarah reunió el valor suficiente para localizar a Seth (lo cual era un proyecto en sí mismo, la verdad, porque a Seth le gustaba moverse por las instalaciones con un comportamiento fantasmal que hacía parecer que nunca estaba allí) y pedirle unos momentos de orientación para ayudarla a entender qué se suponía exactamente que debía hacer allí. Le señaló que no había laboratorio de biología ni un curso estructurado de instrucción y que ella no parecía encajar en absoluto. Era el silencio lo que alimentaba la ansiedad de Sarah, ya que estaba acostumbrada a hablar, hablar y hablar todo el tiempo con familiares, vecinos, colegas y amigos, y a hacer preguntas, cuestionar resultados, ofrecer opiniones. La quietud era enloquecedora.
Seth frunció el ceño y la resolución de acero de sus ojos transparentes se volvió aún más intensa. Sarah empezaba a arrepentirse de su audacia y evaluó rápidamente la sala de la biblioteca en busca de posibles rincones donde esconderse antes de que el rayo de los ojos de Seth descendiera sobre ella y la fulminara. Era una situación muy incómoda para ella, dada su educación completamente ajena a la confrontación; según las costumbres de su familia, entrar en conflicto era una de las peores cosas que uno podía hacer.
—Viniste aquí para cursar estudios de posgrado. Todas asumimos que no estarías interesada en pasar por los mismos experimentos y hacer más de lo mismo que ya hiciste antes; por favor, corrígeme si me equivoco. —Sarah no habría soñado con corregir, interrumpir o llamar la atención de ninguna manera sobre su propia ruptura del protocolo, porque cada vez que Seth la miraba, la pelirroja recordaba alguna otra cosa de la que no estaba particularmente orgullosa.
—Tienes un año para hacer algo nuevo. ¿Puedes hacer algo que nunca se haya hecho antes? —Vio la mirada aturdida en los ojos de Sarah y no esperó la respuesta.
—Todo lo que has hecho hasta ahora dependía de equipos inventados y construidos por otros; las pruebas que realizaste eran réplicas de originales ajenos. ¿Qué has hecho tú, personalmente? ¿Qué harías si tuvieras que realizar tus experimentos con solo un puñado de semillas y una lupa?
Sarah pasó de estar incómoda a estar mortificada y deseó poder retroceder en su vida hasta el punto en que no se encontraba en esta situación incómoda y quedarse allí.
—¡Cobarde! —dijo Seth, con un tono que sonaba más decepcionado que enfadado—. No me preguntes qué hacer con tu vida. Soy tu guía, no tu ama.
Sarah se llevó su desdichada persona de vuelta al jardín, pasó el resto del día en silencio y se durmió llorando.
A partir de ese día abandonó todo intento de parecer ocupada y empezó a prestar mucha atención a lo que hacían las demás, que le parecía jardinería de lo más normal. Como no conseguía entusiasmarse con la producción de tomates y nadie le prestaba atención, organizó su propio horario, un subconjunto de un horario maestro que era tan vago que era casi imposible de alterar.
Como primera medida, aprovechó una mañana temprano para caminar por el edificio y descubrir qué había en cada habitación. Encontró la cocina, el almacén de semillas y el cobertizo de herramientas. Encontró un gran ovillo de lana tosca y unas tijeras. Encontró el laboratorio de tecnología; sí, después de todo tenían uno. Encontró semilleros de turba y una regadera.
Se propuso replicar el experimento de la rosa transparente sin la centrifugadora, el programa informático de análisis espectral y el equipo de aislamiento de longitud de onda. No sabía cómo iba a lograr nada con éxito en un año sin los beneficios de la aceleración del crecimiento genético pero, asombrosamente, en un par de semanas la planta iba por buen camino. Un pequeño capullo estaba a punto de abrirse y Sarah lo miraba fijamente, intentando adivinar si los pétalos eran transparentes o no, y no sintió que la sombra de Seth cubriera sus hombros como una manta.
—Interesante —dijo Seth en un tono de voz normal que sonó atronador para Sarah, concentrada como estaba en su rosa. Dio un salto, sobresaltada, y casi pierde el equilibrio.
—¡Ven conmigo! —tronó Seth. Caminaron hasta el borde del jardín, a un trozo de tierra que gritaba a cualquiera que se hubiera criado en una granja: «no pierdas el tiempo, soy suelo estéril sin nutrientes».
—¿Por qué no intentas cultivar plantas aquí? —dijo Seth.
—¿Qué plantas? —preguntó Sarah desesperanzada.
—Cualquier planta —respondió Seth con calma—. Algo comestible estaría bien. No hace falta que sea transparente —masculló irritada—. No mejores la tierra, tiene que ser exactamente así.
Sarah miró el miserable parche de tierra rojiza que parecía escombros de un horno de ladrillos. Había pequeños trozos de cascajo que se asemejaban vagamente a cemento triturado, tenía una consistencia polvorienta en la que ninguna raíz podía agarrarse para alimentarse o sostenerse, y filtraba el agua como un colador. No necesitaba realizar un análisis químico del suelo para darse cuenta de que no tenía ningún nutriente.
—¿Estás segura de eso? —preguntó Seth de la nada.
—¿Qué puedo hacer para que produzca algo? —replicó Sarah, un poco molesta.
—Si yo lo supiera, lo estaría haciendo yo misma en lugar de preguntártelo a ti —dijo Seth.
Ciertamente, la modestia no tenía cabida en aquel grupo que la despreciaba, ni tampoco para quienes la apreciaban. Sarah abandonó la lucha por la dulzura y la luz y decidió no perder el tiempo echando humo por la cortante franqueza.
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