Exploring what it means to be human, one story at a time.
Rachel: Lectura de «Entre espejos - Recuerdos»
Era inmensa, aquella mansión de sus abuelos donde se había criado, pero Claire no lo sabía entonces; nunca cuestionaba lo que veía porque no conocía otra forma de vida. Para ella, la mansión y su jardín eran el mundo entero.
—¡Quítate de la entrada!
Las palabras retumbaron como un trueno en los oídos de Claire ahora, casi treinta años después, con la misma intensidad y rotundidad que la primera vez que se las oyó decir a su abuela, la primera de muchas. Esbozó una leve sonrisa ante el recuerdo.
Era inmensa, aquella mansión de sus abuelos donde se había criado, pero Claire no lo sabía entonces; nunca cuestionaba lo que veía porque no conocía otra forma de vida. Jamás se había aventurado más allá del final del paseo formal flanqueado por enormes robles centenarios que conducía directamente a las puertas principales. Para ella, la mansión y su jardín eran el mundo entero.
El rasgo más interesante de esta gran casa, y el que había desencadenado el recuerdo de Claire, era la entrada. Las puertas dobles talladas en nogal macizo tenían paneles de vidrieras engastados en una intrincada tracería de madera y eran tan pesadas que la pequeña Claire siempre necesitaba ambas manos para abrirlas. Las puertas estaban flanqueadas por grandes espejos de cristal, paralelos entre sí, que iban del suelo al techo y reflejaban hasta el infinito todo y a todos los que pasaban entre ellos, con contornos difractados en arcoíris en algunos puntos por los biseles finamente pulidos de sus bordes.
Debía de tener cinco años por aquel entonces, intensamente curiosa por ese emocionante mundo nuevo en el que había nacido, deambulando por la vieja mansión cuyas ventanas solían estar abiertas de par en par para templar el sofocante calor de los veranos de Luisiana y cuyo amplio porche circundante ofrecía una sombra acogedora durante esas tardes en las que incluso el viento se detenía.
La naturaleza no se permitía entonces ni movimientos ni sonidos, aparte del inquietante trino de las ranas arborícolas. Este era su primer recuerdo de los espejos: ella estaba allí de pie, entre ellos, intentando comprender por qué había tantas versiones de sí misma y por qué parecían alejarse cada vez más. Aún recordaba cómo las cintas blancas del vestido que la abuela había cosido a mano justo a tiempo para su cumpleaños se movían con la corriente de aire de las puertas como si estuvieran vivas. La pequeña Claire se las había apañado para manchar el vestido con el glaseado del pastel, un hecho que se esforzaba por ocultar, y recordaba sentirse algo aliviada al ver que todas las Claires de los espejos también miraban hacia abajo con expresión de culpabilidad.
Un rayo de sol afilado como una cuchilla atravesó de pronto la vidriera con la rapidez de una hoja y endureció los contornos de todo, volviendo las sombras más profundas y suaves que el terciopelo negro. Por un segundo, Claire casi pudo tocar la sustancia de aquella sombra, sentir su naturaleza palpable. Se asustó y salió corriendo de la entrada, con sus cintas blancas con volantes ondeando tras ella, y se prometió a sí misma hacer caso a su abuela y mantenerse alejada de la puerta en adelante. Naturalmente, olvidó su promesa al día siguiente.
La fascinación de Claire por este mundo de espejos, que ella percibía como tridimensional debido a sus infinitos patrones de reflexión, le había valido posteriormente muchas reprimendas, pero simplemente no podía resistir la atracción que ejercía sobre ella; seguía sintiéndose atraída como la aguja de una brújula al norte. Incluso ahora, la fascinación que aquel extraño rincón ejercía sobre ella la hacía sentirse culpable, una emoción absurda para una mujer de treinta y tantos años, incluso para una que todavía estaba intentando encontrarse a sí misma.
Decidió trabajar en su asertividad y quedarse donde le viniera en gana, ya que era una adulta, ¡qué porras!, pero sus oídos se agudizaron instintivamente para oír si se acercaban sus abuelos y poder salir de allí antes de que la vieran. Agradecía la compañía de sus abuelos y se sentía aliviada de estar de vuelta en casa, pero también le daba algo de vergüenza haber vuelto a vivir con ellos a su edad. Se encogió de hombros. La vida tenía formas inesperadas de dirigir el viaje de uno y, desde luego, le había enseñado que a veces era más fácil aceptar las cosas tal como venían.
El mundo exterior a aquellos muros familiares no había resultado ser como ella esperaba; nada parecido a lo que la febril imaginación de su juventud había pintado. El mundo real no terminó siendo su patio de recreo encantado, sino todo lo contrario: se negaba a cooperar con obstinada constancia. Claire aprendió que era demasiado rara para él. No sabía exactamente cómo ni por qué, pero no parecía encajar en él ni comprender sus mecanismos, las señales sutiles y los acuerdos tácitos que funcionan tan impecablemente en sociedad y constituyen la base del entendimiento común.
No es que su vida hubiera sido peor que la de los demás, es solo que todos los demás la aceptaban tal como era, sin comentarios innecesarios, mientras que Claire, por alguna maldita razón, no podía. Hacía preguntas en la escuela que incomodaban a sus profesores, hacía preguntas en el trabajo que hacían que sus compañeros la consideraran difícil pero, lo peor de todo, tenía preguntas sobre las expectativas sociales que condenaban cualquier amistad potencial antes de que empezara. A menudo se sentía como un coche atrapado yendo en sentido contrario en una calle de dirección única sin lugar para dar la vuelta.
Ni siquiera recordaba qué la impulsó a hacer las maletas y volver a Luisiana en este año sabático autoimpuesto que se tomó porque no tenía otra alternativa.
—¡Quítate de la entrada! —la voz real de su abuela la sobresaltó por detrás, y Claire dejó escapar un suspiro de resignación: había caído de nuevo bajo el hechizo de los espejos y se había perdido a sí misma.
Obedeció por costumbre y salió del pequeño rincón, algo decepcionada de que sus infinitos reflejos volvieran a estar confinados en un solo cuerpo.
—Nunca haces caso, bebelle —la abuela sacudió la cabeza con angustia—. ¡Treinta años y sigues sin escuchar!
—¿Qué tiene de malo, maman? —Claire olvidó reprimir esa vena inquisitiva que nunca dejaba de meterla en problemas—. ¿Por qué te disgusta tanto que ande por las puertas principales?
—¡Da mala suerte, niña! ¿Necesitas que te haga un dibujo? ¿Por qué quieres tentar a la suerte? Dios sabe que ya es bastante fácil que los problemas te encuentren de todos modos.
—Por favor, maman —le suplicó Claire con su voz más dulce y persuasiva, una que esperaba que la anciana encontrara demasiado entrañable como para negarse—, ¡dímelo! —La abuela la despachó con un gesto airado de la mano, dio la espalda a su nieta y se fue a la cocina.
Claire seguía allí de pie frente a las puertas, cuyos intrincados motivos de vidrieras y madera, que representaban ángeles y flores, estaban lo suficientemente cerca como para quedar atrapados en los espejos. Se multiplicaban de formas que confundían la vista y hacían que toda la escena resultara absolutamente hipnótica.
—¿No tienes hambre, querida? —la suave voz de su abuelo la sobresaltó de su segundo ensueño.
Sintió su mano en el hombro guiándola suavemente hacia la cocina. Tenía hambre, se dio cuenta, y estaba cansada, y agradecida de que volvieran a cuidar de ella, aunque solo fuera por un tiempo.
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