Exploring what it means to be human, one story at a time.
Ethan: Lectura de «The Room In Between» - Luz solar
Las paredes eran el único elemento de la habitación que parecía diseñado para llamar la atención. Estaban cubiertas por intrincados paneles de madera taraceada, no oscuros como los muebles, sino en una gama de cálidos tonos de roble dorado; no había dos diseños iguales ni un tema discernible: flores exóticas y enredaderas, motivos geométricos, laberintos circulares, cuadrículas y paisajes, trampantojos, guirnaldas de flores y arte abstracto.
La habitación era grande y no estaba muy iluminada, una característica que obviamente había sido diseñada para crear un ambiente relajante e inducir a un estado meditativo.
Sus relajantes atributos funcionaban en concierto con las suaves melodías de hilo musical y los acogedores sillones de cuero, cuya generosa anchura y mullidos cojines acunaban el cuerpo hasta un estado cercano al sueño.
En la pared del fondo había una barra con estantes de vidrio retroiluminados y extrañas botellas burbujeantes de formas y colores inusuales. Todas estaban llenas de líquidos que parecían más adecuados para un laboratorio de química que para ingredientes de cóctel. La madera oscura de la barra estaba rematada con una losa de mármol blanco brillante, surcada por vetas de un azul y un verde profundos.
Alfombras orientales, que parecían algo desgastadas pero sin duda eran caras, cubrían cada palmo del suelo, solapándose en algunos puntos, de modo que era imposible saber qué tipo de pavimento había debajo.
Aquí y allá, sobre mesas auxiliares de madera oscura, unas luces de ambiente genéricas, elegantes pero tenues, proyectaban un suave resplandor.
Las paredes eran el único elemento de la habitación que parecía diseñado para llamar la atención.
Estaban cubiertas por intrincados paneles de madera taraceada, no oscuros como los muebles, sino en una gama de cálidos tonos de roble dorado; no había dos diseños iguales ni un tema discernible: flores exóticas y enredaderas, motivos geométricos, laberintos circulares, cuadrículas y paisajes, trampantojos, guirnaldas de flores y arte abstracto.
Toda la pared estaba iluminada desde el suelo con focos bañadores, del mismo modo que se iluminan los edificios y monumentos importantes por la noche y con el mismo efecto inquietante.
En lo alto, cerca del techo, donde la luz de los focos del suelo se desvanecía, los motivos parecían cobrar vida ante el parpadeo de las bombillas zumbantes, en un movimiento ilusorio tan distractor que uno renunciaría incluso a la más mínima curiosidad por saber qué había más arriba.
No recordaba cómo había llegado allí. Solo sabía que ya había estado en esta habitación antes, más de una vez, a juzgar por la familiaridad que tenía con sus detalles. Sin vacilar, se bebió el aceitoso cóctel turquesa de un trago, ignorando el hecho de que brillaba en la penumbra como si fuera radiactivo; dejó el vaso en la mesita al lado de su sillón, se levantó y fue directo hacia la pared de su izquierda. Se tomó unos minutos para elegir uno de los patrones del diseño y presionó la mano contra él. Una puerta perfectamente oculta en el panelado de madera se abrió con un crujido y una ráfaga de aire frío entró de golpe, trayendo consigo el aroma de las hojas secas, las setas y la lluvia. Se estremeció, disgustado por aquel gélido aliento fantasmal, y quitó la mano del panel, que se cerró de golpe, sin dejar rastro de donde solía estar la puerta.
Suspiró, abatido, se sirvió otra copa —esta vez un extraño brebaje de color rosa brillante—, eligió otro sillón cerca del revistero y sonrió anticipando media hora de lectura placentera.
No llegó a alcanzar el sillón antes de que el nivel de luz de la habitación bajara tanto que hacía imposible la lectura, así que volvió a tirar el periódico al revistero, frunció el ceño ante las luces que seguían atenuándose y caminó hacia la otra pared, irritado.
Apenas había rozado con la mano uno de los dibujos, uno que en realidad no le había dado tiempo a elegir, cuando las luces se apagaron del todo y la habitación quedó sumida en una oscuridad total.
El crujido familiar, acompañado de un tentador aroma a café, marcó su camino a través del vacío con claridad, incluso en la oscuridad.
Maldijo entre dientes ante la absurda elección que tenía ante sí, muy parecida a la de Adán eligiendo esposa, y atravesó a regañadientes la abertura oscura, un poco reconfortado por el olor a café.
—Cariño —alzó la voz su mujer mientras se dirigía a la puerta, sin darse la vuelta—, ¿podrías ser un amor y recoger un paquete de la taquilla de entregas? ¡Estoy tan ocupada hoy que no voy a tener tiempo ni de respirar!
—¿Qué paquete? ¿Qué taquilla? —balbuceó él tras ella, confundido pero lo bastante alto como para ser oído.
—He dejado la nota en la encimera de la cocina. ¡Te quiero! —respondió ella, consumida por la anticipación de los eventos diarios, mientras cerraba la puerta tras de sí.
Se tomó un momento para averiguar dónde estaba y si había estado allí antes. Le bastó una mirada rápida para darse cuenta de que no. Pasó a la prueba definitiva e intentó adivinar en cuál de los muchos armarios de la amplia y lujosa cocina estaban las tazas de café; eligió el que le pareció el mejor candidato y lo encontró lleno de servilletas de tela.
—¡Maldita sea! —Frunció el ceño y desistió del café; agarró la nota de la encimera y su rostro se iluminó de alivio al ver el nombre de la ciudad: Juneau, Alaska. «¡La Tierra! ¡Bien!», pensó, caminando hacia la puerta ansioso por contemplar las vistas. Era mediados de primavera en pleno apogeo de la mañana, pero la luz del sol aún no había roto el horizonte y recorrió la mitad del camino hacia la taquilla de entregas bajo un cielo de tonos pastel salpicado por las estrellas más brillantes. La aurora boreal estaba ofreciendo todo un espectáculo.
Animado por el entorno familiar, a pesar de no haber estado nunca en Juneau, recorrió con facilidad la sencilla cuadrícula de las calles. De algún modo, le hacía sentirse como en casa. Fragmentos aleatorios de recuerdos sobre aquel lugar cruzaron su mente durante fracciones de segundo y luego volvieron a hundirse bajo la superficie de la consciencia antes de que hubieran tenido tiempo de grabarse en su cerebro, como un sueño olvidado por la mañana.
Dobló la esquina por la calle principal y el calor reconfortante que aún corría por sus venas —cortesía de la ciudad familiar y de los brebajes turquesa y rosa— se convirtió en hielo en un instante.
Elevándose sobre el horizonte, glorioso en su esplendor, un sol anillado brillaba con un resplandor azul aguamarina, deslumbrado por un número desconocido de satélites visibles.
—No es mi Tierra. Déjame adivinar: el paquete contiene huevos de dragón de fuego —comentó amargado, arrastrando los pies hacia la taquilla de entregas, sin rastro de esperanza.
La empleada del mostrador estaba especialmente alegre, masticando chicle y hablando por los codos por un teléfono que sostenía plano, como un plato, sobre las yemas de sus dedos, con una persona que cabía suponer que era su novio, sobre asuntos profundamente personales que no tenían absolutamente ningún interés para un extraño.
Se detuvo un segundo en mitad del diálogo para reconocer su presencia y saludarlo con un «qué tiempo tan maravilloso hace hoy», sonrió y volvió a su conversación.
Él le hizo un gesto interrogativo para preguntar por la ubicación de las taquillas, y ella señaló con decisión hacia una esquina al fondo mientras seguía enfrascada en su charla.
La taquilla estaba vacía.
Salió fuera a esperar el reparto diario, ya que no tenía nada mejor que hacer, y se sentó en un bordillo a admirar el sol de tonos joya que ahora brillaba con fuerza y proyectaba un matiz frío sobre todo en su mundo actual. Había construido su vida a partir de estos pequeños e inesperados momentos de asombro, cuando la belleza del universo se le revelaba como una amante caprichosa; momentos elusivos y efímeros, y por esa misma razón mucho más dignos de ser contemplados. ¿Para qué estaba uno aquí si no era para ver, sentir y comprender los misteriosos cantos de la creación? Dentro de lo que cabe, al menos.
El sol primaveral no había tenido tiempo de derretir todo el hielo, pero había tallado profundos riachuelos que se entrecruzaban creando intrincados diseños de escala variable que se repetían infinitamente: la plantilla de la Madre Naturaleza para todas las cosas que se mueven y todas las cosas que viven.
El diagrama de funcionamiento del ser.
Un estrépito de pasos descuidados destrozó su pequeño cuadro sobre el hielo, dejando en su lugar los hilos embarrados de las suelas de las botas. La armonía y la fuerza de voluntad habían chocado ante sus ojos y ninguna de las dos salió victoriosa. El cartero siguió caminando hasta el fondo de la oficina, donde estaban las taquillas, y empezó a dejar paquetes en sus compartimentos negros, distraído, con gestos que se habían vuelto automáticos después de tantos años.
—¡Ah, mire, su paquete está aquí! —comentó la empleada, llena de júbilo, como si el paquete contuviera una sorpresa maravillosa, algo especial, inesperado y único.
«Quién sabe, a lo mejor tiene razón», pensó él.
—Lo siento, pero tenemos que abrirlo, ¿sabe? —Ella sonrió en tono de disculpa. Él asintió, algo avergonzado por no tener ni idea de cuál era el contenido del paquete y se entristeció al oírla decir—:
—Cartuchos de tinta, ¿verdad?
—Ah, sí. Sí. —La gloria de un mundo de hielo liliputiense había sido pisoteada y de su disolución habían surgido cartuchos de tinta, como un Fénix de sus propias cenizas. «Qué metáfora más absurda», pensó, porque no había mito ni gloria en unos cartuchos de tinta, ¿verdad? Por otro lado, ¿quién podía decir qué era más importante, o si algo era importante o irrelevante? Quizá todo simplemente era, sin un valor de utilidad asignado.
—Ya está todo listo —le despidió la empleada con la misma actitud alegre, y él tuvo que preguntarse qué poseía esta mujer que alimentaba sus ganas de vivir y la incitaba a morder el día a día como quien muerde una fruta jugosa y deja que su esencia le chorree por las manos y las mejillas.
Cogió el paquete y se fue a casa, no sin notar que los días en este reino, fuera donde fuese, eran irrazonablemente cortos, y cuando llegó a su residencia, encontró un mensaje agitado en el contestador.
Su mujer tenía una reunión que se iba a alargar hasta bien entrada la noche y no llegaría a casa para cenar.
Mencionó el arroz al horno que había en el congelador y acompañó este detalle con un conjunto excesivo de instrucciones sobre cómo usar el microondas.
Dejó los cartuchos de tinta en la encimera de la cocina, se hizo un sándwich en su lugar y se desplomó en el sofá. No sabría decir cuánto tiempo había estado durmiendo la siesta, pero se despertó con el relajante sonido del hilo musical.
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