Exploring what it means to be human, one story at a time.
Elena: Lectura de El Jardín de la Esperanza - Perfume. Una historia de crecimiento.
Una suave brisa soplaba a través de las aberturas arqueadas y traía consigo el aroma de las flores. Cimmy no lograba identificar de qué flores se trataba, pero su fragancia estaba profundamente anclada en sus recuerdos; algo extraño, en realidad, porque ninguno de sus pasados tenía características que permitieran aquel aroma celestial. De pronto, se dio cuenta de que era un aroma de su Jardín: rosas, estaba segura, aunque nunca antes hubiera visto una. Damascenas, precisó. Definitivamente damascenas.
Lo primero que Cimmy vio al abrir los ojos aquella mañana fue una intrincada bóveda de madera, cuyos nervios se entrelazaban y transformaban de formas hipnóticas, saltando su atención de un detalle a otro.
—¿Vas a empezar a trabajar o vas a seguir mirando el techo? Por supuesto, deja que tus pacientes se hinchen a problemas hasta que termines de contemplar el sentido de la vida.
«¿Pacientes?», pensó Cimmy. «¿Qué es un paciente?».
La ironía del comentario de Bertha sobre no hacer esperar a los pacientes no le pasó desapercibida, y se levantó para examinar el resto del espacio.
La habitación estaba inundada de luz, incluso a esa hora temprana; era asombrosamente espaciosa y grandiosa, nada que ver con lo que ella estaba acostumbrada.
La estructura estaba construida con ramas de madera flexibles, suaves y notablemente uniformes. Presentaba bóvedas y aberturas arqueadas que daban al mar y al bosque.
Sus paredes estaban revestidas de estantes que albergaban una colección de libros y frascos llenos de hierbas secas y pociones.
En medio de la estancia, sobre una gran mesa cubierta de dibujos anatómicos y botánicos, el libro enfermo reinaba soberano.
«He vuelto a saltar», fue el primer pensamiento de Cimmy. Miró a su alrededor buscando a Fay, que no aparecía por ningún lado, y se volvió hacia Bertha, que no parecía recordar en absoluto que Cimmy hubiera estado desterrada.
—¿Dónde está Fay? —preguntó preocupada.
—En casa, por supuesto. Tú puedes ser tan excéntrica como para tener una rata de mascota, pero al resto no nos hace gracia el peligro para la salud que representa ese bicho. ¡Tener una rata en la botica! ¡Lo que hay que oír! ¿Has terminado las lecturas que te di la semana pasada?
«¿Quieres decir que no vivo aquí? ¿Tengo otro sitio solo para dormir?».
Recordó haber despertado allí y preguntó en voz alta:
—¿He dormido aquí?
—Hace mucho que dejé de intentar comprender por qué haces las cosas —Bertha pasó a la ofensiva—. Quizá el esfuerzo de moverte de un sitio a otro no te ha sentado bien hoy. Menos mal que esa amiga tuya se acuerda de alimentar a tu rata cuando te da por abandonar la realidad para irte a cualquier locura que te tiente ese día. Parece que no tienes sentido de la responsabilidad. La gente normal suele sentirse culpable cuando no atiende sus deberes.
«Oh, genial», pensó Cimmy, ignorando la familiar diatriba. «Rahima también está aquí».
Mientras tuviera a su amiga y a su mascota, la vida iría bien.
Se levantó y cogió un tomo del estante; notó que estaba hecho de la misma sustancia blanquecina que habían encontrado en el arroyo, solo que más gruesa, suave y resistente, y se acercó el libro a la cara para examinar sus detalles.
—Podría jurar que ya nada de lo que haces me sorprendería, pero esto es raro hasta para ti: ¿te estás quedando perpleja con el papel? No había visto esa expresión en mi vida, salvo quizás una vez, en un lémur.
«Qué es un lémur», quiso preguntar Cimmy, pero luego se lo pensó mejor: planeó averiguarlo por su cuenta más tarde y devolvió el libro al estante.
El día transcurrió lentamente, con solo algunas heridas menores y estómagos revueltos. Esto le permitió dedicar mucho tiempo a examinar el resto de los libros. Con cada uno que abría, su entusiasmo crecía, hasta que finalmente rompió a llorar.
En cada tomo, con un detalle exquisito, las antiguas enfermedades y dolencias tenían elaboradas descripciones y curas, explicaciones de por qué ocurrían, herramientas de diagnóstico y recetas de medicinas.
—¿Estás admirando tu propio trabajo? —se burló Rahima. Estaba en el umbral de la puerta, sosteniendo una cestita con comida, y traía a Fay sentado en su hombro.
—¡Fay! —Cimmy se dio la vuelta, emocionada.
—No te preocupes, ya le he dado de comer —Rahima se quedó desconcertada ante aquella extraña muestra de emoción—. Te juro que, como intente meterse en mi pelo, te odiaré para siempre. ¿Has comido algo hoy?
Cimmy no tenía hambre, así que supuso que sí, pero el gesto firme de Rahima la contradijo. Esta última había puesto la cesta sobre la mesa y la arrastró hasta allí, obligándola a sentarse.
Uno tras otro, de la cesta salieron manjares desconocidos, todos envueltos en linos limpios y con un olor delicioso.
«¿A quién en este mundo se le olvida comer? Sobre todo cuando la comida huele así», se preguntó Cimmy.
Frunció el ceño inconscientemente al aflorar recuerdos de hambruna y el sabor oxálico de las raíces amargas.
—¡Pensaba que estos eran tus favoritos! —Rahima parecía ofendida—. He dado un rodeo de media hora solo para traértelos.
—¿No los has hecho tú? —se extrañó Cimmy.
—Cimmy, sé que tienes un trabajo importante, pero los demás tampoco nos quedamos de brazos cruzados. No tendría tiempo de hornear aunque supiera cómo.
Cimmy quiso preguntarle a Rahima quién había encontrado el libro enfermo y cuándo, pero sabía que no tenía sentido referirse a historias no compartidas, y estaba segura de que su amiga no tendría ni idea de lo que estaba hablando.
Qué curioso resultaba que la personalidad y el comportamiento de Rahima se vieran reflejados en todas aquellas versiones sobreescritas de la vida, perfectamente reconocible y fundamentalmente inalterada.
La Rahima que hacía un esfuerzo extra para traerle a Cimmy sus comidas favoritas era la misma Rahima que compartía con ella sus raíces amargas, aun a riesgo de morir de hambre.
—¡Qué suerte tengo de tener una amiga como tú! —soltó Cimmy, un poco avergonzada por aquella cruda muestra de sentimientos.
—Sí, eres rara. —Rahima la examinó con una mirada divertida y distante—. ¡Come! Lo próximo será que empieces a tener visiones.
Cimmy obedeció, sorprendida por el sabor familiar de la comida, y preguntándose si todas aquellas realidades sobreescritas que la hacían saltar hacia adelante a pasos agigantados no estarían conectadas de algún modo, en su núcleo, por una esencia fundamental e inmutable que era la verdadera existencia, y para la cual todas las transformaciones efímeras no eran más que detalles irrelevantes.
—¿Qué tal tu día? —le preguntó a Rahima, con la esperanza de que esta se pusiera a charlar sobre su paradero, para que Cimmy pudiera orientarse en la vida de su amiga sin tener que hacer preguntas que la hicieran preocuparse por si había perdido el juicio.
Rahima estuvo encantada de compartir la plétora de detalles, emociones y sorpresas del día, y habló de sus proyectos, conferencias y excursiones.
Ahora que había descubierto la ocupación de su amiga, Cimmy se sintió animada a participar en la conversación.
—¿Te gusta ser profesora?
—¿Profesora? Supongo que nunca lo había pensado así. Imagino que encargarse de la sala de arte tiene algunas similitudes con la enseñanza, sí; bueno, no, en realidad no. Cimmy, ¿estás bien?
¿Conservadora de arte? ¿Podía uno decir que cuidar del arte era una profesión ahora?
—Sí, claro. Esto está delicioso. —Señaló los productos horneados para cambiar de tema. Una suave brisa soplaba a través de las aberturas arqueadas y traía consigo el aroma de las flores. Cimmy no lograba identificar de qué flores se trataba, pero su fragancia estaba profundamente anclada en sus recuerdos; algo extraño, en realidad, porque ninguno de sus pasados tenía características que permitieran aquel aroma celestial. De pronto, se dio cuenta de que era un aroma de su Jardín: rosas, estaba segura, aunque nunca antes hubiera visto una. Damascenas, precisó. Definitivamente damascenas.
Temía que Rahima la tomara por loca, pero no pudo evitarlo.
—¡Ese olor! ¿Son rosas?
—Sí —asintió Rahima, complacida—. Mi perfume nuevo, lo compré ayer. ¿Te gusta?
Cimmy estaba tan perpleja ante la idea de que su amiga oliera como una de sus flores imaginarias que no pudo responder.
—¿No te gusta? —El rostro de Rahima se ensombreció de decepción.
—No, es encantador —se apresuró a tranquilizarla Cimmy—. Es solo que no sabía que se pudiera robar el aroma de una flor.
Aunque tenía sentido: si se podía robar la esencia curativa de una planta, y su color, ¿por qué no también su olor?
—Desde que se inventó el perfume —se burló Rahima, mientras cogía a Fay de su propio hombro y lo ponía en las manos de Cimmy—. Ahora que has comido, llévate a tu bestia y vete a casa. Va a venir gente a ver los cuadros nuevos y no quiero hacerles esperar.
—¿Puedo ir?
—Claro —vaciló Rahima, sorprendida—. No pensé que te interesara, ¿desde cuándo te emociona el arte?
El regreso de otro pasado sobreescrito trajo consigo el recuerdo desgarrador de los tesoros de Cimmy alimentando una hoguera. ¿Qué debía hacer uno con todos los pasados que nunca habían sido?, ¿con quién compartir el peso de unos recuerdos inexistentes? ¿Cómo podía entristecer un pasado que jamás ocurrió?
—¿Qué pasa, que una sanadora no puede apreciar las cosas bellas? —dijo Cimmy, desprendiéndose de la carga de su pasado inexistente.
—El arte no trata de la belleza —Rahima empezó a enredarse en un argumento sofisticado sobre las diferentes formas de expresión, pero se encontró con la mirada llorosa de Cimmy y se sintió culpable por haber disgustado a su amiga.
—Lo siento, Cimmy. No quería sonar condescendiente.
—¿Puedo llevar a Fay conmigo?
Rahima no quería disgustar más a su amiga y aceptó a regañadientes, preguntándose todo el tiempo qué clase de chiflada lleva una rata a una exposición de arte.
—Ah, claro, sí. Puedes traer a Fay.
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