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Amelia: Lectura de Las puertas de cuerno y marfil - Discordia

Mitos griegos reinterpretados

Amelia: Lectura de Las puertas de cuerno y marfil - Discordia
Amelia: Lectura de Las puertas de cuerno y marfil - Discordia Francis Rosenfeld

En el extremo más occidental del Océano, que abarca la vasta distancia entre el mundo de los vivos y el inframundo, hay un jardín espléndido, bañado constantemente por el resplandor del atardecer.

El jardín pertenece a Hera, un regalo de bodas de su abuela, y allí crecen maravillosos manzanos de frutos dorados, bajo la celosa guardia del dragón Ladón, vástago de Tifón, y la supervisión, más bien distraída, de las Hespérides, las hijas de la noche y del lucero del alba.

El legendario huerto estaba lejos del mundo real, tanto por su ubicación como por su apariencia, y debido a su incalculable generosidad, era una tentación perpetua para aquellos impulsados por la codicia.

Cuando alguien entraba a robar las manzanas, el círculo de descontento, quejas y peticiones de retribución se cerraba invariablemente en el Inframundo, una fuente constante de fastidio para Hades, de quien se esperaba que hiciera algo al respecto.

—¿Quién ha sido esta vez? —preguntó Perséfone.

—En realidad ha sido uno de los nuestros. Eris decidió tomar cartas en el asunto y conspirar contra Hera. Te acuerdas de Hera, ¿verdad?

—Vividamente —respondió Perséfone.

Hera se ofendía ante el más mínimo desaire, nunca perdonaba una afrenta y siempre se aseguraba de arrastrar a todo el Olimpo a su drama, satisfecha únicamente cuando era el centro de atención.

Sus interminables e irrazonables exigencias eran legendarias entre los dioses.

—¿Podrías intentar ver si consigues aplacar a los espíritus? Tres diosas peleándose por la atención de un joven, ¡qué podría salir mal! —suplicó Hades—. ¿Por favor? ¿Por mí?

A pesar de su familiaridad con el Inframundo, había seres allí con los que Perséfone nunca había congeniado.

Sentía una aversión visceral por Eris, que era la encarnación femenina de la fanfarronería y brutalidad de Ares, y que mejoraba los inquietantes atributos de este último con una personalidad engañosa, que solo encontraba alegría al crear el caos y la discordia.

Allá donde fuera Eris, el sufrimiento y la guerra no tardaban en llegar, pues se complacía en la destrucción y el engaño, y no podía evitar infligirlos, incluso a sus aliados.

Si Perséfone tuviera que elegir, definitivamente se habría quedado con Ladón antes que con ella.

Al menos Ladón era un monstruo honesto que no disfrutaba perpetrando sus maldades.

La madre de Eris, Nix, ignoraba intencionadamente las andanzas de sus hijos, que eran tan diferentes entre sí como la noche lo es del día, tanto que nadie habría adivinado que compartían progenitor.

Cabe decir que Eris no dudó en robar a sus propias hermanas, las Hespérides, solo para crear el caos y la guerra en la tierra y la ira en el Olimpo; y Hera fue su compañera perfecta en este juego, fácilmente irritable ante cualquier falta de respeto o al quedar como una tonta, y siempre deseosa de ofenderse.

Así que Perséfone dejó la reunión con esta última para más tarde, e intentaba averiguar cuál de las otras dos diosas se mostraría más dispuesta a tender puentes.

Afrodita, como ganadora de esta impía contienda, podría haber sido su mejor oportunidad para encontrar un oído amable, pero también era una atolondrada y andaba constantemente envuelta en algún patético romance; y como la mayoría de los dioses, era además eminentemente vanidosa, vengativa y voluble.

Afrodita podía ser sorprendentemente cruel para ser una diosa del amor, especialmente cuando no se le rendía el culto y la admiración a los que creía tener derecho.

Eso dejaba a Atenea, de quien cabía suponer que no estaba nada contenta por haber perdido ante lo que secretamente consideraba un saco de pelo perfumado, y además por la razón más estúpida.

Perséfone suspiró y se preparó para un encuentro desagradable en el que tendría que representar su papel de reina del Inframundo y hacerse cargo de las fechorías de Eris una vez más.

Hermes concertó la cita en secreto para no provocar la ira de Hera, ya que esta seguramente se habría considerado con derecho a ser consultada primero.

La reunión tendría lugar en Creta, en el palacio de Minos, lo que en sí mismo era una muestra de contrición y una apertura de buena voluntad hacia la diosa patrona de Atenas.

Estaba apartado del camino y lo más lejos posible de Troya, y los tres hijos de Zeus y Europa, que ahora habían encontrado un hogar y un propósito eterno en el reino de Perséfone, se asegurarían de que ambas no fueran molestadas.

El palacio de Minos resultaba impresionante, incluso para una reina.

Su vasta plaza escalonada y sus enormes muros de sillería habían sido trazados por cíclopes antes de las guerras de los dioses, y el arte de su cerámica oscura y sus coloridos frescos no había tenido parangón durante siglos.

Perséfone subió lentamente los peldaños poco profundos hacia el edificio principal.

La piedra caliza brillaba con un blanco cegador bajo el sol del mediodía, y ella se estremeció al pensar en cuántos sacrificios humanos habían presenciado aquellos pacientes escalones a lo largo de los siglos.

Al final de la escalera fue recibida por Atenea, que siempre llegaba a tiempo y apreciaba la puntualidad en los demás.

La sala del trono de Minos les proporcionó a ambas un refugio acogedor del sol implacable y de los ojos de los dioses.

Aquella estancia suntuosamente decorada, rodeada de columnas rojas y paredes cubiertas de hermosos frescos, solo tenía un trono, tallado en la piedra de la pared del fondo, por lo que ambas diosas permanecieron de pie, en un acuerdo tácito de deferencia mutua.

Al cabo de cuatro horas, las dos se separaron y Perséfone regresó al inframundo, agotada.

Hades la esperaba en la puerta occidental, ansioso por conocer el resultado.

—¿Cómo ha ido?

—Mal. Al parecer, Ártemis también se ha ofendido y ahora ella también se ha involucrado en la guerra.

Es asombroso cuánto daño se puede hacer con el mínimo esfuerzo.

Un fruto brillante y unos comentarios venenosos fueron suficientes para asegurar la ira y la discordia de cuatro diosas, el saqueo y la ruina de una ciudad, muertes espantosas en combate, y el impactante sacrificio de sangre, la conspiración de venganza, el asesinato y la destrucción de toda la familia de un rey espartano.

Y como suele ocurrir en estas circunstancias, cada parte implicada en este desastre se atrincheró tanto en su resentimiento y sus represalias que olvidaron por completo qué había iniciado la pesadilla en primer lugar, y ni siquiera se molestaron en pedirle cuentas a Perséfone por las intrigas de Eris.

Las reuniones con las otras dos diosas no fueron mejor.

Afrodita llegó a las Islas Afortunadas en el carro de Helios, empapando su entorno en una nube de perfume, y siendo vitoreada y agasajada por la mimada población.

Se negó a poner un pie en el continente de Hades, alabó el agradable entorno de las islas y su clima templado, pero dejó muy claro que ya había cumplido su parte del trato y no pensaba prestar atención a ninguna de las consecuencias que ello conllevaba.

Despreciaba cualquier actividad que no le prometiera placer y no se molestaba en desperdiciar su atención en ella.

En cuanto a Hera, la reina de los dioses consideró indigno de ella que otro olímpico negociara condiciones sobre sus asuntos privados, aunque este tuviera las mejores intenciones, y declinó secamente reunirse con Perséfone.

—Supongo que eso lo decide todo, entonces —suspiró Hades, resignado. Se sintió aliviado por el papel sorprendentemente menor que el Inframundo tuvo que desempeñar en este lío y decidió mantener su reino fuera de escena por completo, si podía.

Y así es como se sella el destino de los hombres.

Cada tragedia es una cadena predecible de acontecimientos, todos aparentemente inevitables, aunque nunca lo son, y provocados a propósito por actores astutos cuyas acciones cuidadosamente planificadas se pierden en la niebla de guerra que generan, mientras dichos perpetradores distraen y confunden a todas las partes implicadas con cháchara ajena, y desperdician la atención y los recursos de todos en búsquedas triviales durante las cuales la secuencia, el ritmo y los detalles de los acontecimientos se vuelven imposibles de seguir.

Los peligros rara vez son evidentes; las amenazas siempre están veladas; las palabras tienen doble sentido y la participación de los conspiradores nunca puede probarse.

Un enrevesado espectáculo circense para desviar la atención durante el cual los actores parecen desaparecer, solo para que el público descubra, en retrospectiva, que nunca habían estado allí y que lo que creían ver estaba solo en sus cabezas.

Toda tragedia épica comienza con un simple juego de explotación de una de las debilidades espirituales clásicas: la codicia, la vanidad, la lujuria, el orgullo, el deseo de poder; y ese insignificante suceso inicial cae en cascada, cobrando una velocidad y una magnitud en el proceso que empequeñecen los planes de sus confabuladores autores intelectuales.

Y mientras la conspiración se ve limitada de forma natural por la capacidad de las mentes pequeñas que la generaron, la propia realidad parece intervenir, añadiendo desastres naturales, fenómenos improbables y una mala sincronización para empeorarlo todo.

Al final del descalabro no se gana nada, mucho se destruye, la dignidad nunca se restaura, se pierden vidas, las situaciones empeoran permanentemente y nadie, a pesar de sus esfuerzos, puede rastrear el fatídico desarrollo de los hechos hasta su origen.

Los olímpicos vuelven a cultivar sus rencores seculares, mientras que los humanos olvidan la dura lección en unos pocos años.

La generación que fue testigo de la calamidad muere y todo el proceso puede empezar de nuevo, adoptando un aspecto renovado para sorprender a la siguiente.

A Perséfone no le enorgullecía admitirlo, pero se sentía aliviada de que su papel en esta fatídica negociación hubiera sido breve y marginal.

Involucrarse en las peleas entre dioses era una tarea inútil, porque estos nunca dejaban de superarse unos a otros y seguían escalando sus conflictos hasta que algo inestimable se rompía o se perdía irremediablemente.

Intentar interferir en este proceso solo hacía las cosas más frustrantes, sin aportar beneficio alguno.

—Supongo que es mucho pedir que Eris responda por haber creado esta pesadilla —comentó Perséfone de forma retórica.

—Sabes que cualquier respuesta que me dé será un enrevesado haz de mentiras. Dejaré que pase un tiempo bien merecido con sus otros hermanos, Némesis, las Erinias y Apate; la familia es importante.

Perséfone se encogió de hombros y se dirigió a sus jardines para encontrar algo de paz y tranquilidad.

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