Exploring what it means to be human, one story at a time.
Jessica: Lectura de la novela Cartas a Lelia
Forjando la vida
Bahía de aterrizaje, Terra Dos, 25 de julio de 3245
Amada mía:
Ninguno de nosotros tiene el privilegio de diseñar su vida exactamente como desea, y puede que esto sea, en realidad, una bendición; de lo contrario, la haríamos mucho menos extraordinaria de lo que tiene el potencial de llegar a ser. Eso no significa, sin embargo, que debas dejar al azar el querer o no algo, el crear o no algo, el amar o no a alguien. Tu propia existencia es una hermosa obra de arte, una labor que requiere toda una vida para completarse.
No se te entregan todos los recursos desde el principio; tienes que empezar con lo que tienes, improvisar, vislumbrar posibilidades, buscar la visión de conjunto. Algunas personas son maestras absolutas en esto y, sin importar lo que la vida les depare, nunca pierden de vista ese lienzo mayor de su significado; sus metas no se apartan de su conciencia ni por un segundo y siempre encuentran formas de mejorar la obra de su vida, incluso cuando sus circunstancias cambian.
La mayoría tropezamos con nuestro propósito más adelante en la vida, pero es necesario tener uno si quieres que tu tiempo aquí tenga sentido. Imagina que intentas hacer un pastel añadiendo ingredientes al azar, solo porque los tienes a mano: no habría ni una posibilidad de que saliera comestible. Tu vida funciona igual: tienes una alacena llena de ingredientes y debes seleccionar los que ayuden a tu propósito para hacerlo realidad.
El verdadero arte comienza después, cuando tras saber cuáles son los ingredientes, refinas sus cantidades, los tiempos y la calidad, con estándares de excelencia cada vez más altos, hasta que los resultados se vuelven extraordinarios. Con la artesanía viene el entusiasmo; con el entusiasmo, la maestría; con la maestría, un legado para las generaciones futuras.
Lamentablemente, nadie puede darte el libro de recetas, porque cada una de nuestras vidas es única, así que debes crear uno para ti, conforme a tus talentos, tus medios y tus circunstancias. Solo puedo asegurarte una cosa: cada ser tiene una luz que traer al mundo, y la responsabilidad de hacerlo, aunque le tome toda una vida.
Permíteme contarte una historia.
Mi abuela nació en la precariedad; no tenía esperanzas de recibir educación alguna. La vida en la granja donde creció era dura y se esperaba que todos aportaran tanto trabajo físico como fuera posible para obtener el rendimiento suficiente para alimentar tantas bocas.
Durante años no hizo planes para su futuro, que parecía condenado a la fatiga hasta su último aliento. A pesar de esto, su corazón no estaba abrumado, porque cada día, cuando iba al campo, se quedaba hipnotizada por el oro del trigo meciéndose al viento, el resplandor rosado del cielo al amanecer, el brillo de las amapolas bajo la luz de la tarde, el verde de los árboles y el gris de las montañas a lo lejos.
Estaba tan inmersa en aquel paisaje que a menudo no podía desprenderse del pulso de la vida que la rodeaba. Los días eran largos y rudos, pero ella se fortalecía cada día más, mientras el espíritu de la tierra se fundía en sus palmas con el barro que trabajaba.
Aprendió a ver la esencia tras las cosas mundanas, la riqueza del color, ese color infinito que Dios vertió en abundancia sobre la tierra. Descubrió, casi por accidente, que algunas plantas tenían la gentileza de prestar sus colores a quienes las cultivaban: el amarillo de la cúrcuma, el verde de las raíces de llantén, el marrón de la piel de cebolla, el rojo de la rubia, el púrpura de la malva real, el azul del índigo, el negro del zumaque.
Un día intentó teñir fibras, al principio solo por ver cómo quedaban, y como los colores resultaron hermosos, hizo más. Quería mostrar esta belleza al mundo, así que tomó unos carretes de algodón que estaban destinados a tejer mantas y utilizó su nueva habilidad para convertirlos en hermosos tonos pastel de amarillo soleado y gris brezo, con mezclas de rojo rubia y toques de púrpura jacinto.
Sus manos tejían magia al combinar esos colores de formas que encantaron a su familia y vecinos, y le ganaron la reputación de maestra tejedora en cinco condados diferentes. La gente empezó a venir de lejos para pedirle que les hiciera cosas: una colcha, una chaqueta, una alfombra decorativa.
Al principio no creyó que encontraría el tiempo, pero a medida que su reputación crecía, quedó claro para todos que la familia bendecida con esas manos mágicas prosperaría más allá de cualquier expectativa.
Sus diseños eran laboriosos, y pronto se dio cuenta de que necesitaría ayuda en el taller, aprendices, por así decirlo, para mantener bien surtido el suministro de materiales para sus productos. Eligió a unos cuantos jóvenes del pueblo para la tarea, un grupo entusiasta, puro fuego y energía, que trabajó incansablemente para aprender el oficio y complacerla con el trabajo de sus manos. Algunos de ellos progresaron rápidamente y tuvieron la oportunidad de convertir la destreza de sus dedos en asombrosas obras de arte.
La fama de aquel pequeño taller del pueblo y de las magistrales obras que de él salían se extendió aún más, y empezaron a llegar pedidos del extranjero, llevando el trabajo de sus manos más lejos de lo que ella jamás creyó posible.
La gente quedaba fascinada, no tanto por la técnica de sus obras, que en sí misma era exquisita, sino por el espíritu que brillaba a través de cada pieza. Su arte cobraba vida; había en él una cualidad inesperada que impedía a la gente apartar la mirada, los atraía, los hacía pensar, soñar y maravillarse.
Capturó el alma de su amada tierra en sus tapices, los colores de su juventud, sus recuerdos, el amor por su familia, sus ambiciones, su maravillosa destreza. Representó a los animales salvajes, los contornos de las montañas, la profundidad del cielo, su profunda comunión espiritual con el mundo, su amor y aprecio por las fibras mismas con las que tejía su historia visual para que el mundo la viera.
Tal vez, en otras circunstancias, habría vivido su vida de otra manera, y quizás su extraordinaria habilidad nunca se habría revelado. O tal vez habría encontrado otra forma de traerla al mundo, nunca lo sabremos.
En las circunstancias que le tocaron, tejió el tapiz de su vida con los colores que su tierra natal le dio y los talentos que Dios otorgó a sus manos; de este modo dio sentido a su vida y dejó tras de sí sus obras para embellecer el mundo mucho después de su partida. Nadie le dijo qué hacer ni cómo hacerlo; así es como funciona el don en la vida de las personas: ella supo instintivamente que ese era su camino a seguir y expresó su talento allí donde se encontraba, de forma sencilla, silenciosa y sin dudar.
Mi abuela trabajó toda su vida en aquel taller, creando una obra maestra tras otra, cada vez con mayor criterio para los colores, más instruida en los procesos químicos, más diestra en el oficio. A los noventa y siete años seguía tejiendo, y creó una de sus obras maestras más famosas, «El amanecer», que puedes ver en el Museo de Artes Aplicadas de Bangalore, si alguna vez regresas a la Tierra.
Me traje una de sus colchas cuando vine aquí. No pudimos traer mucho a Terra Dos, porque el espacio era muy limitado, pero no me iría de la Tierra sin esa colcha que hizo mi abuela. Cada vez que pienso que una tarea es imposible de lograr, miro esa colcha y recapacito.
Puede que conozcas The Weavery, cuya reputación ya no necesita explicación, como suele ocurrir con los logros humanos extraordinarios, pero estoy segura de que no sabías que fue una niña campesina sin educación ni perspectivas de futuro quien lo hizo realidad. Este es el legado de mi abuela, y me enorgullece presentártelo con la esperanza de que tú también encuentres la chispa que encienda tu propósito y saque lo mejor que hay en ti y todos tus talentos.
No existen barreras reales para el logro, mi querida niña; ¿quién puede poner barreras a la luz que Dios te dio para brillar en este mundo?
¡Que tu vida se vea cumplida mil veces, y que el Señor te conserve en felicidad y paz! En nuestra cultura es costumbre ofrecer una bendición al comienzo del viaje de la vida, y me honra presentarte la mía.
Dios es amor. Tú eres amor. ¡Sé feliz!
Hermana Benedict
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