Exploring what it means to be human, one story at a time.
Elena: Lectura de El jardín de la esperanza - Mundos interiores
Existe el aspecto físico de las cosas, la realidad sólida de la sustancia de la que están hechas, su forma, su color, sus propiedades, su limitada huella en la realidad; y luego existe otro aspecto: el de lo que las cosas representan.
¡Y vaya si el mundo respondió! Cuando dejas de tenerle miedo, la realidad se abre ante ti para revelarte toda su belleza y sus misterios, que son maravillosos y extraños, y tan alejados de lo que puedes siquiera imaginar que la única respuesta posible es el asombro.
Puede que los seres humanos no sean capaces de comprender sin límites, pero poseen una extraordinaria capacidad de asombro, y ese asombro crea su propio reino mágico de cosas espléndidas, un reino donde el espíritu humano en su conjunto cobra vida.
Vive en las historias y en el arte. Vive en la ciencia y en el descubrimiento. Proyecta su luz sobre el valor y sobre la fe, y siempre anhela la trascendencia.
Para el espíritu humano, una hermosa roca roja no es un detalle inerte: es potencial.
De algún modo, el espíritu sabe secretamente que toda la realidad está ahí para nutrir su desarrollo y ofrecerle oportunidades de crecer.
La piedra filosofal, la llamaban en broma; un objeto mágico encontrado que les granjeó la ira de Bertha, quien lo vio como una pérdida de tiempo más en la larga lista de empresas inútiles de Cimmy, pero que era mucho más que eso.
Existe el aspecto físico de las cosas, la realidad sólida de la sustancia de la que están hechas, su forma, su color, sus propiedades, su limitada huella en la realidad; y luego existe otro aspecto: el de lo que las cosas representan.
En este aspecto, los objetos no son trozos inertes de materia. Siempre significan algo y llevan en su interior las semillas de llegar a ser más; encarnan todos sus usos futuros y todos los descubrimientos inherentes a su naturaleza, así como todos los sentimientos que inspiran en la humanidad entera.
De este modo, trascienden su mera sustancia y se convierten en un espectro infinito de potencialidad.
Así pues, aquella roca roja amorfa se convirtió en curiosidad, en una sed ávida de conocimiento, en confianza en las propias capacidades científicas y en la maestría que otorga una práctica extensiva.
Despertó la imaginación, la guió en direcciones que antes no podía ver y permitió albergar la esperanza de una vida mejor.
Después de todo, la vida trata tanto de lo que las cosas significan como de lo que las cosas son, y lo que significaba la roca roja era el atrevimiento de caminar más allá de los límites de lo desconocido.
El pequeño cobertizo de Cimmy se llenó tanto de muestras y experimentos en curso que incluso Josepha dejó de pasarse por allí, por miedo a que alguno de los experimentos de la cabeza hueca saltara desde un rincón oscuro y la devorara viva.
—¿Qué es eso, Cimmy? —Rahima enmascaró su aprensión mientras señalaba un alambique burbujeante cuyos vapores ominosos proyectaban un aura maléfica verdosa a su alrededor.
—¿Quieres ver algo maravilloso? —preguntó Cimmy, descubriendo una mesa cuyo contenido se traslucía a través de la sábana echada por encima para ocultarlo, como si fueran fantasmas de la realidad.
—¿Eso era antes la olla de cobre de Josepha? ¡Cimmy, si se entera, no dejará de darte la lata con sus impertinencias! ¿En qué estabas pensando?
—Le haré otra. ¡Mira esto!
La olla había sido remodelada meticulosamente para añadirle una tapa soldada y boquillas en lugares extraños, y los restos del proceso habían sido troceados en pedacitos minúsculos que Cimmy echaba uno a uno en una tina de vinagre bajo el alambique, como quien ofrece bocaditos a una serpiente enjaulada.
De la superficie exterior de la tina crecían hilos de cobre como cabellos, todos unidos al monstruoso aparato de arriba.
Dos de ellos se tocaron accidentalmente, generando una chispa sobrenatural que convirtió la aprensión de Rahima en puro pavor.
El artilugio resoplaba y jadeaba, creando presión y vapor, destilando y separando, moviendo los vapores malignos a través de su intrincado juego de tuberías y, finalmente, los condensaba al pasarlos por un siniestro tubo en espiral hasta convertirlos en un líquido viscoso que empezó a acumularse, gota a gota, en el cuenco al final del alambique.
—¡Brilla! —exclamó Rahima ahogando un grito, y dio un paso atrás contra su voluntad—. ¡Eso no es natural! ¡No puede serlo! ¡Por favor, no hagas esto! Tíralo antes de que sea demasiado tarde. ¡Eso es fuego fatuo, Cimmy!
—Exactamente —continuó Cimmy, imperturbable—. Pero hay más. ¿Conoces ese lugar del bosque donde la tormenta derribó los árboles?
—Sí —Rahima recuperó el sentido—. A veces vamos allí a recoger setas después de la lluvia.
—Pues la última vez que fui, encontré las que brillan. Había tantas que todo el lugar se iluminaba al atardecer.
—¡No lo habrás hecho! —estalló Rahima indignada—. ¡Recoger setas del diablo! Cimmy, ¿cómo has podido?
—No son setas del diablo.
—¡Claro que lo son! Así es como las llama la gente.
—Solo porque tú quieras llamarme tulipán, no significa que yo lo sea —Cimmy no flaqueó en su búsqueda de la lógica.
—¡Has hervido setas del diablo en la olla de Josepha! ¡Vas a envenenarnos a todos si ella no te mata antes!
—En realidad, no creo que sean venenosas. Vi a Fay atiborrarse de ellas hace un rato y está como un roble.
—¿Qué utilidad puede tener esta sopa maligna?
—Ya se me ocurrirá algo si es necesario. ¿Por qué tiene que ser útil? ¿Por qué no es suficiente con simplemente descubrir que podemos hacer esto?
Rahima empezó a ver las bondades del proceso científico por sí mismo, así que cogió el cuenco, cuyo contenido se había derramado un poco por fuera, y se manchó los dedos al levantarlo de la mesa.
—Genial, ahora tengo sopa de demonio encima. ¡Si esto acaba matándome, caerá sobre tu conciencia, Cimmy!
—Como ya he dicho: no es venenosa.
Rahima hizo lo posible por limpiarse los dedos en el delantal y, como la sustancia no parecía manchar, el incidente se olvidó pronto y ambas se dedicaron a sus tareas cotidianas.
Al caer el crepúsculo, los dedos de ambas empezaron a brillar, débilmente al principio, pero con más fuerza a medida que oscurecía, lo que sumió a Rahima en un pánico total.
Corrió de vuelta al cobertizo de Cimmy, y esta pudo ver a su amiga acercarse desde lejos. Los movimientos de Rahima se distinguían en la oscuridad por la luz fantasmal de su delantal ondeante y el balanceo de sus manos brillantes mientras corría.
—No ha sido difícil encontrarte —empezó la otra sin aliento en cuanto estuvo lo bastante cerca de su amiga—. ¿Sabes cuánto brillan tus manos, Cimmy? Me sorprende que nadie se haya dado cuenta todavía, pero lo harán, ya lo verán... —empezó a llorar, desolada.
—Cada problema trae su solución —la tranquilizó Cimmy—. Quítate ese delantal y nos pondremos mitones.
—¿Y cómo vamos a explicarle a Josepha por qué llevamos mitones en julio? —Rahima no cedía—. Además, a estas alturas ya se habrá dado cuenta de que le falta la olla, y tú eres su sospechosa habitual; no, su única sospechosa. Sabes que todo lo que sale mal en este pueblo acaba siempre cayendo sobre ti.
—¡Excelente observación! ¿Sabes que Bertha siempre predica que las chicas decentes deben tener las manos quietas y fuera de la vista? Toma un delantal nuevo. Yo me pondré el mío. Esta noche seremos un modelo de comportamiento para las demás chicas al mantener las manos metidas bajo el delantal.
—No hay ni la más remota posibilidad de que este plan descabellado tuyo funcione. Lo sabes, ¿verdad?
—¿Tienes una idea mejor?
Resignadas, las dos partieron hacia la hoguera comunitaria, con las manos pulcramente escondidas bajo sus delantales y en silencio: la viva imagen del decoro y la obediencia.
Se sentaron muy cerca del fuego, con la esperanza de que, si el ominoso resplandor de sus dedos se notaba, se atenuara e incluso pudiera explicarse como el reflejo de las llamas.
Al cabo de una hora, justo cuando empezaban a respirar más tranquilas, una visión aterradora provocó gritos espeluznantes en todo el público: caminando lentamente por la pradera, Fay se acercaba al fuego rodeado de un fantasmal resplandor verde, tan brillante que le hacía parecer el doble de su tamaño habitual.
—¡Es un demonio! ¡Matadlo! —Bertha se puso en pie de un salto y empezó a recoger piedras para lanzárselas a la pobre criatura; en ese momento de pánico, Cimmy olvidó su problema y saltó para proteger a su amigo.
—¡No! ¡Parad! ¡Deteneos! ¡Es Fay! —suplicó a Bertha con las manos extendidas, que ahora brillaban mucho más que la rata y con un verde más intenso.
—¡Atrapadla a ella también! ¡Y a su ingenua amiga! Ya hemos visto suficiente de esta maldad, Josepha. ¡No dejo de decíroslo, pero nadie escucha nunca! —Miró a su alrededor, más molesta que aterrorizada, manteniendo una postura que destilaba una indignación digna—. ¿Dónde está la rata demoníaca?
Fay se escabulló bajo la maleza de cardos, adentrándose más y más hasta que su brillante resplandor se convirtió en un tenue parpadeo y desapareció.
—Tu rata nos ha vuelto a ganar —susurró Rahima al oído de Cimmy, molesta porque sus épicos esfuerzos por ocultar su implicación en este drama se vieran frustrados por un roedor—. A veces desearía haber nacido rata, ¿sabes?
—¡Fuera con ellas, digo yo! ¡Largo, engendros demoníacos!
—¿Qué? —preguntó Josepha—. ¿En mitad de la noche?
—¡No! ¡Quedémonoslas aquí hasta el amanecer para que cumplan sus planes maléficos!
Una vez más, Cimmy y Rahima dejaron atrás el pueblo para abrirse paso por los campos en la oscuridad gracias a la luz de sus dedos.
—¿Ves? Sí que es útil —comentó Cimmy, y el brillo de sus manos era lo bastante fuerte como para ver la chispa de indignación y revuelta en los ojos de su amiga. Esta estaba demasiado enfadada para hablar.
—No es que no hayamos hecho esto antes —argumentó Cimmy—. Mañana cogeremos la balsa hacia la isla. Se está muy bien allí, ¿no?
La ira de Rahima empezó a suavizarse ante la perspectiva de su actividad favorita, pero se mantuvo obstinadamente callada para dejar clara su postura.
El trayecto hasta la playa duró más de una hora, durante la cual la luz de sus dedos no mostró signos de remitir. Era una noche hermosa y ya conocían los campos lo suficiente como para no preocuparse por los peligros que acechaban en las sombras.
Al acercarse a la playa, la vegetación empezó a transformarse en la arena fina y las hierbas salinas que crecen cerca de la orilla y, una vez llegaron a lo alto de las dunas al borde del mar, una visión encantadora las recibió.
La mitad de su superficie brillaba con un azul intenso, como si un foco gigante se moviera bajo el agua; un azul etéreo tan sobrenatural que Rahima olvidó mantener su muro de silencio indignado.
—¡También lo hay en azul!
—¡Y es aún más brillante! —respondió Cimmy, maravillada ante los prodigios ocultos del mundo.
Se quedaron mirándolo incrédulas durante un rato, con el asombro acompañado por el suave chapoteo de las olas en la orilla, hasta que un pequeño punto verde empezó a brillar a lo lejos, haciéndose más grande a medida que se acercaba.
—Fay nos ha encontrado —suspiró Cimmy, aliviada.
—¡Como si hubiera habido alguna duda! —Rahima recordó su ira—. Esa rata es la criatura con más suerte del mundo, o es mágica. Sea como sea, tiene mejores cartas que nosotras dos.
La rata las miraba con sus ojos inocentes, cuyos guijarros oscuros y brillantes adquirieron un matiz azulado por el resplandor del mar luminiscente.
—¡Oh, vamos, Rahima! —estalló Cimmy—. ¡No me digas que vas a echar de menos tus tareas! Te encanta la isla, ¿te acuerdas?
—¿Te refieres a la de las rocas demoníacas que sudan metal?
—A esa misma, sí.
—Bueno —empezó lentamente—. Debo decir que me siento fatal cada vez que me desprecian, Cimmy. Quiero decir, ¿cuántas veces tiene que decirte la gente que no vales nada y que eres mala hasta que empiezas a creértelo? Pero, al fin y al cabo, no me habría perdido esta aventura por nada del mundo. A los diez años ya sabía cómo se iba a desarrollar mi vida, pero ha resultado no ser así en absoluto, y estoy agradecida.
Hizo una pausa para pensar y retomó la palabra, emocionada.
—¡Oye! Ya que estamos en esto y la balsa por fin ha dejado de hacer agua, ¿podemos navegar después hasta la isla más lejana que se ve a lo lejos? ¡Me muero por saber qué hay allí fuera!
Señaló con un dedo luminoso hacia la oscuridad de la noche, en la dirección general de dicha isla.
—No nos adelantemos —Cimmy aplacó su entusiasmo—. Mañana llegaremos a nuestra isla, construiremos un refugio, recogeremos provisiones y planearemos nuestros próximos pasos.
—Sí. Y tal vez encontrar la manera de no despertarnos en un charco esta vez —se quejó Rahima.
—¿Ves qué rápido aprendes? No hay sustituto para la experiencia.
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