Frosenfeld

Exploring what it means to be human, one story at a time.

Ángel

Ángel Francis Rosenfeld

Érase una vez, en un lugar lejano, una niña que recibió un adorno con forma de ángel. No recordaba quién se lo había regalado ni en qué Nochebuena ocurrió, pero, desde aquel entonces, cada año miraba al angelito y pedía un deseo.

Pasaron los años y la niña se adentró en el mundo de los adultos: se casó, se mudó, tuvo hijos, se hizo profesora, compró una casa, celebró y lloró, conservó amistades de toda la vida y envejeció.

Sus hijos crecieron y emprendieron su propio camino. Asistió a sus graduaciones universitarias, a sus bodas y al nacimiento de sus nietos. Su cabello se volvió canoso y su piel se llenó de arrugas.

La Navidad llegó de nuevo, ajetreada y apresurada como cada año, con un millón de pequeños recados urgentes que terminar. Sus nietos le habían pedido decorar el árbol en casa de la abuela y, para tal ocasión, bajaron del desván una caja de hojalata muy polvorienta.

Al levantar la tapa, los destellos de un oro viejo reflejaron las luces del árbol y, para el absoluto deleite de los nietos, fueron apareciendo tesoros uno tras otro.

Con el ajetreo de la vida adulta, uno olvida la felicidad pura y la curiosidad de la infancia, cuando todas las cosas parecen, al mismo tiempo, milagrosas y posibles.

Pensó que ya había vaciado la caja y estaba a punto de guardarla cuando su mano rozó al angelito.

En un instante, la inundaron los recuerdos de cuando era una niña que espiaba el árbol tras la barandilla de la escalera. Siempre quiso vislumbrar a Papá Noel mientras dejaba los regalos bajo el árbol, en aquella casa silenciosa impregnada del aroma de la fruta escarchada y las galletas navideñas.

La niña que solía ser sonrió de oreja a oreja y pidió un deseo. ¿Qué deseo era? ¡Cómo puedes preguntarlo! ¡Cualquier niño o niña sabe que, si cuentas un deseo, no se cumple! Lo único que puedo decir es que, cuando uno se hace mayor, desea cosas para mucha más gente que para sí mismo.

Sea como fuere, lo pidió con todo su corazón y lo envió a ese lugar maravilloso donde todo es posible, mientras los niños correteaban de un lado a otro enfrascados en las importantísimas tareas de adornar el árbol.

Oropel volando por todas partes, risitas, un gato algo estresado que tiraba figuritas mientras corría a refugiarse, luces diminutas que brillaban suavemente entre el verde y la nieve cayendo con delicadeza.

—Abuela, ¿Papá Noel es de verdad?

La abuela se tomó un momento para reflexionar sobre la viabilidad de los trineos voladores, los aterrizajes de renos en los tejados, el acceso por los tiros de las chimeneas y la cobertura mundial en una sola noche, y luego dijo con total convicción:

—¡Pues claro que sí, cielo! ¡Qué cosas tienes!

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