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Por qué la felicidad no es un zapato sensato

Por qué la felicidad no es un zapato sensato
Por qué la felicidad no es un zapato sensato Francis Rosenfeld

Piensas que necesitas un par de zapatos y ya tienes la imagen mental de lo que buscas: una opción sensata que combine con tu armario y se adapte a tu ajetreado estilo de vida.

Vas al centro comercial y empiezas a mirar los escaparates en busca de lo que ya sabes que vas a comprar. Mientras escaneas la mercancía con ojo experto, una vitrina capta tu atención; no sabes exactamente por qué, pero no puedes apartar la vista: es un par de salones de ante en color ciruela intenso, de etiqueta.

Por mucho que despierten tu curiosidad, sigues adelante, fiel a tu intención original de comprar un par de zapatos sensatos, de tacón medio, preferiblemente negros y, desde luego, de piel, nada de ante. Terminas el recorrido por un lado del centro comercial y, al darte la vuelta, el destino te sitúa mucho más cerca del expositor de los zapatos morados; lo suficiente para notar lo magistralmente manufacturados que están, lo impecable de cada detalle y cómo parecen ser exactamente de tu talla. Si no te engaña la vista —y no podría, posiblemente, porque a estas alturas los zapatos morados están justo debajo de tus narices—, son perfectos. Tienes que rodearlos para llegar a la plétora de opciones sensatas de tacón medio que hay al fondo.

Mientras evalúas tus opciones basándote en los atributos deseables, echas un vistazo aún más de cerca a los zapatos morados y te preguntas: ¿qué clase de persona logra encajar esta declaración de intenciones en su estilo de vida? Intentas imaginar a esas personas durante un rato, pero no puedes, porque está claro que no son como tú, una persona en busca de calzado sensato. Suspiras, te das la vuelta para irte, pero cambias de opinión en el último momento: ¿qué daño puede hacer probárselos? Ni siquiera tienes que pedir tu número, los que están ahí mismo parecen quedarte como un guante.

Los zapatos parecen haber sido hechos para tus pies y lucen aún más hermosos una vez puestos. Un par de compradoras, también en busca de calzado sensato, sueltan una risita al pasar a tu lado. Te quitas los zapatos y los vuelves a poner en el expositor, sintiendo algo de vergüenza por habértelos probado, y avanzas hacia la compra prevista.

Por desgracia para ti, los salones color ciruela te han estropeado el gusto por las opciones sensatas, que ahora se ven toscas y torpes, y te hacen sentir cierta pesadumbre. Sabes que deberías elegir un par e irte a casa, ya tienes el tiempo bastante limitado como para malgastarlo en fantasías estilísticas irrealizables, pero a estas alturas ya te has visto con los zapatos menos prácticos del mundo puestos y no puedes conformarte con las alternativas razonables.

Acabas llevándote a casa un par de salones de ante en color ciruela intenso; serán demasiado formales para ir al supermercado, a las reuniones del colegio y a casi cualquier otra actividad de tu vida sencilla, pero te los pones de todos modos. Primero, porque incluso después de acostumbrarte a ellos siguen pareciendo impecables; y segundo, porque no te compraste el par de zapatos negros de piel y no te queda otra.

Te preocupas cuando los llevas bajo la lluvia, te preocupas cuando a alguien se le derrama café cerca de tus pies y necesitas una funda especial para evitar que cojan polvo en el armario, pero tienes que admitir que están excepcionalmente bien fabricados, que parecen hechos para ti, y disfrutas siendo esa persona que lleva zapatos morados hechos a medida con todo... y en eso consiste la felicidad.

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