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Rachel: Lectura de Entre los espejos - El abuelo y la tormenta
El abuelo de Claire era una fuerza de la naturaleza; más que cruzar las puertas, las atravesaba como un vendaval, con un movimiento más parecido a una ráfaga de viento que al de un ser de carne y hueso. Nunca cerraba un armario ni un cajón, y cuando cruzaba una habitación, las servilletas y los papeles que quedaban sobre la mesa se veían arrastrados por su estela como hojas al viento, y solo dejaban de seguirle el rastro por culpa de las puertas, que invariablemente se cerraban de un portazo tras su paso.
La lluvia empezó tan de repente que Claire apenas tuvo tiempo de entrar desde el porche y cerrar las puertas tras de sí antes de que el aguacero iniciara un ensordecedor solo de batería sobre el tejado. El abuelo de Claire correteaba por la casa, como solía hacer en estas circunstancias, cerrando puertas, ventanas y contraventanas para asegurarse de que todo el mundo estuviera dentro, a salvo de la tormenta. La joven sonrió, siguiendo sus movimientos por la casa a través de los ruidos que hacía: el arrastrar de los pies por el suelo, el sonido de las puertas al abrirse y cerrarse de un golpe a su espalda, los pasos escaleras arriba y abajo, el chirrido de la escalera del desván al ser arrastrada por el suelo del pasillo superior.
El abuelo de Claire era una fuerza de la naturaleza; más que cruzar las puertas, las atravesaba como un vendaval, con un movimiento más parecido a una ráfaga de viento que al de un ser de carne y hueso. Nunca cerraba un armario ni un cajón, y cuando cruzaba una habitación, las servilletas y los papeles que quedaban sobre la mesa se veían arrastrados por su estela como hojas al viento, y solo dejaban de seguirle el rastro por culpa de las puertas, que invariablemente se cerraban de un portazo tras su paso. Claire ni siquiera se había dado cuenta de cuánto había echado de menos esos ruidos. Se quedó unos minutos escuchando aquel estruendo sinfónico como si de una pieza de música clásica se tratara, sin percatarse de que volvía a estar de pie en el hueco entre los espejos.
La tormenta se intensificó, cargada de rayos y truenos, lanzando la lluvia en bandas horizontales y obligando a Claire a apresurarse para cerrar las contraventanas que habían quedado abiertas. La luz de la casa se atenuó hasta niveles casi crepusculares mientras nubes de color violáceo abarrotaban el cielo, tan densas y preñadas de lluvia que casi rozaban el suelo. Al salir de la penumbra del hueco, vislumbró su reflejo en los espejos durante un relámpago; parecía una versión mucho mayor de sí misma que le devolvía una mirada de complicidad sencillamente irritante. Claire vaciló, esperando al siguiente relámpago para entender de qué se trataba, pero el siguiente destello no reveló nada más que su expresión habitual, aunque algo desconcertada en aquel momento.
—¡Dios mío, un día de estos voy a perder la cabeza! —masculló Claire para sus adentros, reanudando su carrera por la casa para cerrar las contraventanas, demasiado tarde para evitar que la lluvia torrencial alcanzara los suelos de madera—. ¡Maman y sus supersticiones con los espejos! ¡Ahora me toca secar todo este agua!
—¡Cielo santo, bebelle, si abres una puerta tienes que acordarte de cerrarla después, no dejarla entornada para que entre cualquier cosa o cualquiera! ¡Mira todo este agua en el suelo! —protestó la abuela mientras iba a la cocina a por una fregona y un cubo.
Claire refunfuñó entre dientes que su abuelo siempre dejaba las puertas abiertas y nadie se quejaba por ello.
—Él sabe qué puertas deben cerrarse; nunca deja abierta una que deba permanecer cerrada. Y quita de ahí, que estás en medio.
—¿Por qué da mala suerte quedarse en el umbral? —preguntó Claire, retomando la curiosidad insatisfecha que la había atormentado durante toda su infancia.
—Se debe estar a un lado de la puerta o al otro, no en medio. Además, bloqueas el paso.
—Pero si no hay nadie más que quiera entrar, y menos con este tiempo, eso seguro —respondió Claire, desconcertada.
—Nunca se sabe, podría haberlo habido —replicó la abuela con naturalidad, desafiando toda lógica. Su rostro se ensombreció por un instante y luego recuperó su expresión habitual—. Vacía esto fuera, ¿quieres?
Le entregó a Claire el cubo, que ya estaba medio lleno de agua, y siguió fregando los suelos hasta que quedaron completamente secos.
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